Reclutas: anatomía de un infeliz

RECLUTAS: Anatomía de un infeliz

Hay series que incomodan y otras que adormecen. Reclutas pertenece a las segundas. Inspirada en el libro autobiográfico The Pink Marine, de Greg Cope White, la nueva apuesta de Netflix tenía todos los ingredientes para hablar de la represión, el deseo y la maquinaria militar como fábrica de hombres. Pero lo que podría haber sido una reflexión feroz sobre la homofobia interiorizada se queda en un relato aséptico, sin memoria y sin alma. Una historia sobre trauma contada sin trauma.

La serie arranca con Cameron Cope, un adolescente sensible, cansado de ser el blanco del bullying. Toda su vida ha sido señalado por “blando”, por “raro”, por “no ser como los demás”. Así que decide hacer lo impensable: alistarse en un campamento militar. Un lugar donde la sensibilidad es una amenaza y la masculinidad se mide en obediencia, músculo y silencio. Hasta ahí, el planteamiento promete: un joven queer enfrentado al lugar más hostil posible. Pero el guion no reflexiona, solo reproduce. No hay un intento de pensar el daño, ni una mirada crítica hacia el sistema que descompone y reconstruye a esos chicos como máquinas obedientes. El resultado es frustrante: Reclutas romantiza la represión y la vende como madurez. Entra un chico homosexual y sale un infeliz. Y lo peor no es que la cámara aplauda: es que no hay ninguna reflexión dirigida al espectador. Todo se presenta como algo natural, incluso correcto. El dolor no se cuestiona, se normaliza. La serie observa la destrucción de una identidad sin incomodarse, como si la represión fuera una simple etapa de crecimiento.

Cameron Cope no comprende su propio auto-odio, y la serie tampoco. La homofobia interiorizada, el miedo a ser descubierto, la culpa y el deseo se reducen a un conflicto anecdótico. En lugar de mostrar la angustia de vivir con una identidad prohibida, el relato opta por la neutralidad emocional. No hay miedo, no hay vértigo, ni peso histórico. Es como si la serie hubiera olvidado que durante décadas ser gay en el ejército era motivo de cárcel, expulsión o suicidio. Todo parece “superado”, como si la represión fuera una fase graciosa de adolescencia militar.

El resultado es una narrativa sin tensión: ni drama ni comedia, una mezcla tibia que evita incomodar. Netflix vuelve a aplicar su fórmula de “queer friendly sin conflicto”, donde todo está pulido, medido, higienizado. Ni la fotografía, ni el montaje, ni la música se atreven a ensuciarse. Todo es correcto, plano, perfectamente neutro. La estética se convierte en ideología: una historia que debería doler pero que se muestra como un anuncio largo de patriotismo emocional. En lugar de crítica, tenemos corrección.

Lo más interesante (y lo más desaprovechado) es la relación entre Cameron Cope y el sargento Bobby Sullivan, otro hombre homosexual reprimido. La serie sugiere una dinámica de espejo: el sargento intenta expulsar al joven porque ve en él lo que odia de sí mismo. Quiere destruirlo para salvarlo, y cuando no puede, decide moldearlo a su imagen. “Mata a tu antiguo yo”, le dice. Es una frase escalofriante, pero el guion la presenta como mantra de superación. La violencia simbólica se disfraza de crecimiento personal. Lo que podría haber sido un retrato del trauma generacional se convierte en propaganda emocional.

Visualmente, Reclutas tampoco ofrece memoria. A pesar de estar ambientada en el pasado, nada en su dirección de arte, fotografía o sonido evoca una época concreta. No hay textura, no hay olor a tiempo. Es una serie que podría transcurrir ayer o mañana, porque la época no importa: lo que importa es la digestión fácil. Ese borrado histórico es también político. Desactiva el contexto, y con él, el peso del trauma.

En el momento final, la madre que le ofrece una salida a Cameron Cope y el hijo decide quedarse en el ejército y eso resume la ideología de la serie. Ella le da la oportunidad de escapar, de ser libre, y él elige seguir dentro del sistema que lo destruye. Y sí, probablemente en esa época muchos habrían tomado la misma decisión: por miedo, por culpa, por falta de referentes, porque no había otra vida posible para un chico como él. El problema no es la elección del personaje, sino la mirada del guion. En un relato honesto, ese gesto sería una tragedia; aquí se filma como una escena de madurez. El guion lo celebra como si hubiera completado un arco de transformación. No hay reflexión, solo resignación. Confunden el sacrificio con el crecimiento, la obediencia con la identidad.

El gran problema de Reclutas no es lo que muestra, sino lo que calla. Hay una responsabilidad narrativa cuando se aborda la violencia estructural contra las personas queer: no basta con “contar lo que pasó”, hay que pensar qué significa que pasara. Si no hay mirada crítica, la pantalla repite la violencia en lugar de denunciarla. Y esa repetición, esa amabilidad formal, esa neutralidad moral, es la nueva forma de borrado.

Al final, Reclutas no es ni queer ni política ni incómoda. Es una serie que se mira al espejo y no se atreve a verse. Un producto pulcro, educado, anodino. Un manual de obediencia disfrazado de historia de superación. Entra un chico homosexual y sale un infeliz, y todo el mundo aplaude. Quizá porque en el fondo seguimos viviendo en un mundo donde ser obediente sigue pareciendo más valiente que ser libre. 

Un texto de Edu Salas.

Puedes comprar un ejemplar de Untoxic Magazine pinchando aquí o si lo prefieres una versión digital aquí.