¿Franco mola? ¿De verdad se vivía mejor con Franco?

¿Franco mola?
¿De verdad se vivía mejor con Franco?

La frase parece un meme de bar o una provocación de sobremesa, pero no: según el CIS, cuatro de cada diez jóvenes españoles aceptarían vivir en una dictadura si su nivel de vida fuera mejor. Esa estadística debería helarnos la sangre. Detrás de la aparente indiferencia hay una grieta más profunda: una generación criada en la desmemoria, en la pedagogía del silencio, en un país que no ha sabido explicar lo que significó el franquismo.

EL FRANQUISMO NUNCA SE FUE

España no ha tenido una verdadera desnazificación. El franquismo no fue derrotado: se institucionalizó, se recicló, se maquilló con democracia y televisores a color. Los apellidos, las calles, los despachos y los medios siguieron controlados por los herederos del régimen. Las víctimas, en cambio, fueron borradas del relato oficial. Nadie contó en las escuelas que hubo 30.000 personas fusiladas en época no bélica, que las cárceles se llenaron de presos políticos usados como mano de obra esclava, que se robaron miles de bebés y se destruyeron infancias enteras para reeducarlas bajo los valores de la Iglesia y el miedo.

EL MITO DEL PROGRESO

El mito del “Franco modernizador” es una de las operaciones de propaganda más exitosas de la historia reciente. Se repite que “al menos hizo pantanos”, cuando esos proyectos venían diseñados desde la Segunda República por Manuel Lorenzo Pardo, en el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933. Franco solo cortó las cintas, se hizo fotos y se adjudicó méritos ajenos mientras mantenía un país atrasado, analfabeto y aislado del mundo. Lo mismo ocurre con la Seguridad Social: no la inventó el régimen, sino que heredó y amplió un modelo ya consolidado en Europa. Su mérito fue venderlo como “obra del Caudillo”, mientras los hospitales eran clasistas, la sanidad era precaria y el acceso dependía de la lealtad política.

EDUCACIÓN Y OBEDIENCIA

La dictadura entendió pronto que la verdadera batalla era cultural. Por eso devoró la educación: depuró al profesorado republicano, devolvió las aulas a la Iglesia y convirtió el pensamiento crítico en pecado. El objetivo era claro: fabricar obediencia. Una obediencia que hoy se traduce en nostalgias vacías, en jóvenes que creen que con Franco “había trabajo” o que “no todo fue tan malo”. No es culpa suya: es consecuencia directa de un sistema educativo que apenas roza el tema, de medios que tratan el franquismo como curiosidad de hemeroteca y de una ultraderecha que ha hecho del revisionismo una herramienta electoral.

LA FÁBRICA DE ESPOSAS

Bajo el franquismo, la mujer era propiedad del Estado y del marido. No podía abrir una cuenta bancaria, trabajar sin permiso, ni divorciarse. Su función era servir, criar y callar. Para asegurar esa sumisión existía el Servicio Social de la Sección Femenina, una especie de mili obligatoria donde las mujeres aprendían costura, religión, puericultura y moral católica. Sin ese certificado, no podían estudiar ni trabajar.

El régimen no solo domesticó sus cuerpos: los convirtió en territorio ideológico. Desde las revistas del Movimiento hasta los sermones dominicales, se repetía el mantra de que la felicidad femenina dependía de la obediencia. “La mujer que trabaja fuera del hogar destruye la familia”, se enseñaba en los manuales. Aquella máquina de adoctrinamiento fue tan eficaz que sus ecos todavía resuenan en discursos actuales sobre “la mujer tradicional”, “la sumisión elegante” o “la feminidad natural”.

LA VIDA RURAL EN EL FRANQUISMO

Mientras las grandes ciudades se reconstruían bajo la propaganda del “milagro español”, el mundo rural quedó sepultado bajo el silencio, el hambre y el miedo. En los pueblos, la dictadura fue más larga, más densa y más íntima: todos se conocían, todos vigilaban, nadie hablaba.

El campo español fue el laboratorio perfecto del franquismo. La miseria y el analfabetismo se convirtieron en instrumentos de control. Las familias sobrevivían gracias al trueque, al estraperlo o al trabajo infantil. La autarquía impuesta tras la guerra hundió la producción agrícola y condenó a millones a una posguerra perpetua: pan negro, cartillas de racionamiento, colas interminables. Mientras tanto, la propaganda del régimen hablaba de “paz y abundancia”.

La Iglesia y la Guardia Civil eran los dos grandes pilares del control social. La primera dictaba cómo debías pensar, vestir o confesar tus pecados; la segunda se aseguraba de que nadie los pusiera en duda. El cura y el sargento eran la autoridad moral y el brazo armado del Estado en cada aldea. El miedo era el orden.

En las casas, las mujeres vivían encerradas en un rol doblemente opresivo: madre, esposa, criada. El trabajo agrícola, doméstico y reproductivo recaía sobre ellas, sin derechos ni reconocimiento. No podían heredar libremente, ni abrir una cuenta bancaria sin permiso del marido. El patriarcado no era una consecuencia del franquismo: era su columna vertebral.

La educación rural también fue una herramienta de adoctrinamiento. Las escuelas, controladas por la Iglesia, enseñaban sumisión y silencio. Se rezaba antes de leer, se cantaban himnos antes de escribir. El conocimiento era un privilegio reservado a los varones “de bien”, y la ignorancia se convirtió en una forma de docilidad.

En ese contexto, ser diferente —ser rojo, marica, o simplemente pensar— equivalía a ser sospechoso. Las denuncias vecinales, las humillaciones públicas y las desapariciones eran parte de la vida cotidiana. En muchos pueblos aún se sabe quién delató a quién, pero nadie lo dice en voz alta. La dictadura terminó, pero el miedo quedó incrustado en la tierra, como una raíz podrida.

LA REPRESIÓN LGTBIQA+

En la España franquista, ser marica, travesti o trans no era una diferencia: era una amenaza al orden moral del Estado. Desde los primeros años de la dictadura, la homosexualidad fue perseguida sin necesidad de ley específica. Se utilizaban los artículos del Código Penal sobre “escándalo público” o “corrupción de menores”, y las denuncias vecinales bastaban para detenerte. La Iglesia te llamaba pecado, la medicina te llamaba enfermedad y la policía te llamaba peligro. La represión fue total: moral, médica y policial.

A partir de 1954, la Ley de Vagos y Maleantes reformada incluyó explícitamente a los homosexuales entre los “indeseables”. En 1970, la Ley de Peligrosidad Social reforzó esa persecución: ya no hacía falta cometer un delito, bastaba con que la policía sospechara de ti. Era la institucionalización del odio.

El régimen creó tres cárceles específicas para homosexuales: Huelva, Badajoz y Tefía (Fuerteventura). En Badajoz encerraban a los considerados “pasivos”; en Huelva, a los “activos”; y en Tefía, en mitad del desierto, el hambre, las palizas y la humillación eran las únicas terapias. No existió intención de curar o reeducar —como afirma la Fundación 26 de Diciembre, “el Estado nunca invirtió en «terapias», solo en castigo”. Allí no se corregía: se torturaba hasta romper.

Los presos eran obligados a trabajos forzados, sometidos a abusos y salían con antecedentes penales que los marcaban de por vida. Mientras otros podían limpiar su historial, los homosexuales no. Aunque la ley se derogó en 1979, esos antecedentes siguieron activos hasta 1995. La condena no terminaba al salir: te perseguía toda la vida.

En los archivos policiales, los homosexuales aparecían como “invertidos”, “pervertidos” o “escandalosos”. Algunos sobrevivientes recuerdan cómo los funcionarios los obligaban a rezar, a cantar himnos religiosos o a cargar piedras bajo el sol. No fue rehabilitación: fue exterminio moral.

“Te encerraban por ser maricón, no por hacer daño a nadie.”
— Testimonio recogido por la Fundación 26 de Diciembre

El Estado tardó más de 60 años en reconocer esta persecución. No fue hasta 2008 cuando comenzaron las primeras compensaciones a las víctimas, y en 2022 la Ley de Memoria Democrática reconoció oficialmente la represión LGTBIQA+ durante la dictadura. Pero la historia sigue incompleta: los archivos están mutilados, las listas de detenidos permanecen ocultas y muchos murieron sin poder contarlo.

Mientras tanto, hoy países como Hungría, Polonia o Rusia vuelven a criminalizar la diversidad. Por eso recordar no es mirar atrás con tristeza: es mirar de frente a un Estado que nos quiso borrar y falló.
La memoria no es pasado. Es una forma de resistencia.

LA MEMORIA COMO CAMPO DE BATALLA

Mientras tanto, la memoria se convierte en un campo de batalla. Se levantan monumentos a los verdugos, se trivializan sus crímenes, se equiparan víctimas y victimarios en nombre de una falsa reconciliación. Y lo más grave: se normaliza la idea de que una dictadura puede ser “eficiente”, “ordenada”, “menos corrupta”. Ese relato no nace en la ignorancia, sino en el deseo de blanquear la violencia. El franquismo no solo mató: moldeó una mentalidad colectiva basada en el miedo, la obediencia y la moral cristiana como herramienta de control.

LA NUEVA CENSURA

Hoy, cuando Vox presiona para censurar películas, retirar obras feministas o borrar charlas LGTBIQA+, el eco del pasado resuena con una claridad escalofriante. La censura ha cambiado de traje, pero no de objetivo. Antes se justificaba con la moral católica; ahora con la “protección de la infancia”. Antes encarcelaban a homosexuales en Tefía; hoy criminalizan el chemsex o los derechos trans desde los mismos despachos donde se invoca “la libertad”.

EL PELIGRO DE LA NOSTALGIA

El discurso franquista vuelve disfrazado de sentido común, de patria, de orden. Se cuela en tertulias, en TikTok, en comentarios de bar: “con Franco se vivía mejor”, “no había tanta delincuencia”, “los jóvenes de hoy no aguantan nada”. Pero lo que había no era bienestar, era silencio. No era paz, era represión. No era prosperidad sino miedo.

Blanquear el franquismo no es solo un error histórico: es un peligro político. Significa preparar el terreno para que la violencia vuelva con otra cara, más amable, más tecnológica, más “gestionable”. Quienes hoy banalizan la dictadura son los mismos que mañana justificarán el autoritarismo. Y si hay una generación que empieza a creer que el precio de la libertad es negociable, es porque el Estado ha decidido no educarla en memoria.

MEMORIA O BARBARIE

España no necesita nostalgia: necesita pedagogía. Necesita enseñar en las escuelas quién fue Franco, qué hizo y a quién le sirvió. Necesita exhumar, no solo cuerpos, sino verdades. Porque ningún país puede ser libre si convive con sus verdugos bajo nombres de calles, si sigue negando justicia a sus víctimas o si confunde propaganda con historia.

El franquismo no fue “otro tiempo”: es una herida abierta que todavía supura en la política, en la educación, en la economía y en la cultura. Y frente a quienes quieren convertir la dictadura en un producto vintage o en un argumento electoral, solo queda una respuesta: la memoria no es una moda, es una forma de resistencia. Conocer el pasado no es mirar atrás: es saber desde dónde nos hablan los que quieren devolvernos al silencio.

Un texto de Edu Salas.

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