Anthony Perkins: deseo, culpa y silencio
Antes de ser Norman Bates, Anthony Perkins ya interpretaba un papel. En la pantalla, el muchacho tímido de sonrisa dulce que encandilaba al público; fuera de ella, un hombre obligado a esconder su deseo bajo las normas de un Hollywood que castigaba cualquier desviación. Su historia es la de un talento brillante atrapado entre dos miedos: al monstruo que interpretaba y al maricón que le enseñaron a no ser.

Nacido en 1932, hijo de un actor de teatro, Perkins creció rodeado de escenarios y soledad. Desde joven supo que se sentía atraído por los hombres, aunque en los años cincuenta eso equivalía a una condena social. Su carrera despegó rápido: películas como Friendly Persuasion le convirtieron en el chico sensible de moda, y los estudios le protegieron construyendo un relato de heterosexualidad limpia y discreta. Pero en los márgenes, Perkins vivía una vida secreta con amantes como Tab Hunter o el bailarín Rudolf Nureyev, nombres que hoy resuenan como una constelación de hombres bellos y perseguidos.
Psicosis (1960) fue el punto de no retorno. Hitchcock vio en él la vulnerabilidad perfecta para Norman Bates, ese joven que vive con su madre muerta y asesina mujeres en su lugar. Lo que pocos supieron es que Perkins no necesitaba actuar demasiado: ya conocía el peso de una doble vida, la culpa por un deseo reprimido y la sensación de que su identidad podía destruirlo todo. En su interpretación hay algo más que talento: hay miedo. Un miedo tan profundo que se convierte en gesto, en mirada, en esa voz temblorosa que hoy sigue inquietando.

Hollywood convirtió ese terror en mito, pero nunca le perdonó ser distinto. Cuando el código Hays aún dictaba moral, los rumores sobre su sexualidad lo marginaron de los grandes papeles. En su intento por encajar, Perkins se sometió durante años a terapia psicoanalítica con un objetivo muy concreto: “curar” su homosexualidad. Tal y como contó Tab Hunter en sus memorias, su compañero buscaba dejar de ser gay por consejo de su agente y sus terapeutas. No eran las llamadas terapias de conversión extremas, pero compartían el mismo veneno: la idea de que el deseo debía corregirse. La ciencia y el cine coincidían en una misma mentira: que amar a un hombre era una enfermedad que podía tratarse.
En 1973 se casó con la fotógrafa Berry Berenson, con quien tuvo dos hijos. A ojos del mundo, era la imagen perfecta del actor redimido. Pero su matrimonio fue, más que una fachada, un pacto de cariño y protección mutua. Berry lo amaba sabiendo todo, y juntos aprendieron a convivir con los fantasmas del pasado. En los ochenta, cuando el sida empezó a azotar a Hollywood, Perkins guardó silencio sobre su diagnóstico. Murió en 1992, a los 60 años, sin llegar a hacer pública su enfermedad. En una de sus últimas declaraciones, escribió: “No siento vergüenza por haber tenido miedo. Solo lamento no haberme permitido vivir con más amor.”

La tragedia no terminó ahí. El 11 de septiembre de 2001, Berry Berenson viajaba en el vuelo que impactó contra una de las Torres Gemelas. En una dimensión cruel del destino, la mujer que le ayudó a sobrevivir al silencio murió en el símbolo de otro terror. La historia de los Perkins parece escrita por Hitchcock: amor, secreto, pérdida y un destino inevitable.
Hoy, revisar su figura es también abrir un espejo. Perkins fue víctima y símbolo: del Hollywood que fabricó monstruos para esconder su propia homofobia; de una cultura que asoció el deseo masculino con la culpa; y de una época en que amar a otro hombre era una amenaza. Su Norman Bates es, en realidad, la metáfora de una sociedad que temía lo diferente.
Volver a él desde una mirada queer no es romantizar su tragedia, sino rescatar lo que nos enseñó sin querer: que detrás de cada monstruo inventado por el cine hay un cuerpo que quiso amar sin miedo.
Porque Psicosis no solo fue una película de terror. Fue, también, la historia de un hombre que nunca dejó de interpretarse a sí mismo.
Un texto de Edu Salas.
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