American Horror Story: NYC

American Horror Story: NYC

Ryan Murphy ha hecho del miedo un espejo. Casas encantadas, sectas, manicomios, brujas, payasos, freaks… todos eran, en el fondo, versiones del mismo monstruo: la sociedad norteamericana y su necesidad de castigar la diferencia. Pero en la temporada 11, AHS: NYC (2022), el terror deja de ser una alegoría y se vuelve histórico. No hay fantasmas ni tampoco demonios. Hay cuerpos queer reales, enfermos, perseguidos y olvidados. Y un enemigo más temible que cualquier criatura: la indiferencia.

Ambientada en el Nueva York de principios de los años 80, la temporada arranca con una cadena de asesinatos de hombres gays en Manhattan. Las víctimas aparecen torturadas, y la policía responde con la misma frialdad que la sociedad: “son solo maricones”. En medio del miedo y la desidia institucional, Gino Barelli (Joe Mantello), periodista del Native, comienza a investigar los crímenes junto a su pareja, Patrick (Russell Tovey), un agente de policía que aún no ha salido del armario. Lo que empieza como un thriller de serie negra se transforma en una elegía. La tensión de la primera mitad se disuelve lentamente, y en su lugar aparece algo más profundo: una crónica del dolor, la pérdida y la resistencia.

Porque el monstruo no es el asesino con máscara. Es un virus. Un mal invisible que se propaga sin nombre y que mata con la complicidad del silencio. AHS: NYC no necesita decir “VIH” para que lo entendamos: lo que narra es el nacimiento del sida, el pánico moral y el abandono sistemático de toda una generación. Cada episodio se siente como una exhumación simbólica, una llamada a la memoria queer que la historia oficial intentó borrar.

El estilo es frío, húmedo, bañado en neón. Murphy construye una atmósfera que recuerda al Cruising de William Friedkin, pero con una sensibilidad más fúnebre que erótica. Los sótanos leather, los bares de ambiente, los cuartos oscuros y los lofts artísticos se convierten en escenarios de resistencia y condena a la vez: espacios donde los cuerpos pueden existir con libertad, pero también donde acecha la muerte. En ese paisaje, el sexo no es pecado ni placer, sino supervivencia.

Murphy, a menudo acusado de frivolizar lo queer, logra aquí su temporada más contenida y política. Hay intención, respeto y duelo. Pero no escapa del todo a sus propios excesos: por momentos, el subrayado emocional y la construcción arquetípica de los personajes asoman entre la sutileza. Gino, Patrick, Adam, Sam, Hannah… todos parecen diseñados como símbolos de algo más que individuos. Sin embargo, esa teatralidad funciona, porque Murphy convierte el melodrama en un lenguaje político, y la emoción exacerbada en una herramienta de reparación.

Los personajes, más que protagonistas, son encarnaciones de heridas:

     

      • Gino, el periodista, representa la voz que se niega a callar, el archivo vivo frente al olvido.

      • Patrick, el policía, encarna la represión interiorizada, la culpa del deseo.

      • Adam (Charlie Carver), el joven activista, simboliza la rabia que hereda el silencio.

      • Sam (Zachary Quinto), el artista fetichista, es el poder que erotiza la destrucción.

      • Hannah (Billie Lourd), la médica, la impotencia de una ciencia sin respaldo político.

    Todos están atrapados en la misma red: una comunidad que se desangra mientras el Estado mira hacia otro lado. El suspense inicial se apaga, sí, pero a cambio Murphy logra algo más valiente: transforma la narrativa de horror en una vigilia. Cada plano, cada cuerpo, cada respiración contaminada construye un réquiem.

    El terror aquí no viene del monstruo, sino del contexto. De esa violencia institucional que convierte la vida queer en un asunto desechable. Las morgues se llenan, los periódicos callan, los policías se encogen de hombros. Y en ese vacío, la serie pone el foco en los pequeños gestos de humanidad: el abrazo entre enfermos, la fiesta que sigue a pesar de todo, la risa en mitad del duelo. AHS: NYC no es solo una historia de miedo, sino una declaración de amor a los que resistieron y a los que ya no pudieron hacerlo.

    Ahora bien, la mirada de Murphy sigue siendo parcial. Su cámara —por más empática que sea— continúa centrada en el hombre gay blanco de clase media, dejando fuera otras corporalidades y experiencias queer: las trans, las racializadas, las feminizadas, las pobres. Esa ausencia no invalida su gesto, pero nos recuerda que la memoria queer no puede reducirse a una estética leather o a un relato masculino. Lo que AHS: NYC ilumina es apenas un fragmento de un mosaico mucho más amplio, donde también hay trabajadoras sexuales, travestis, migrantes, drags, bisexuales y mujeres que sostuvieron la lucha desde el margen.

    Esa falta de pluralidad dialoga con otra tensión fundamental: la relación entre estética y ética. La belleza visual de Murphy —sus luces de neón, sus encuadres pulidos, su erotismo coreografiado— roza por momentos la tentación de embellecer el dolor que representa. Pero quizás ese riesgo sea inevitable cuando se trata de narrar lo insoportable. La temporada flota entre lo sublime y lo obsceno, entre la imagen bella y la herida abierta. Y en ese borde, Murphy acierta: no convierte el sufrimiento en espectáculo, sino en memoria.

    La crítica fue dividida. Algunos reprocharon su ritmo irregular y su tono elegíaco; otros celebraron su madurez y su honestidad. Pero lo cierto es que AHS: NYC no busca entretener. Busca incomodar, conmover y recordar. Es una obra que no pretende asustar, sino confrontar. Frente a la acumulación de monstruos de las temporadas anteriores, esta entrega se atreve a decir algo más grave: que el horror más profundo no viene de lo sobrenatural, sino del abandono humano.

    Hay momentos de una belleza devastadora. Un desfile silencioso de cuerpos en la morgue. Un beso en un club iluminado por luces estroboscópicas. Un baile solitario en medio del duelo. Escenas que no buscan empatía, sino restitución. Murphy filma la muerte como un acto político, un recordatorio de que cada cuerpo queer perdido fue también una biografía censurada.

    Y ahí radica su importancia. En un tiempo en que el discurso público vuelve a demonizar a las identidades LGTBIQA+, en que los derechos trans son objeto de debate y las redes sociales han resucitado el puritanismo con filtros bonitos, AHS: NYC se levanta como una advertencia. La serie no solo habla del pasado: habla del presente. Nos dice que la violencia cambia de forma, pero no desaparece; que el miedo sigue siendo una herramienta de control; y que recordar no es nostalgia, sino resistencia.

    En última instancia, AHS: NYC no es tanto una historia de terror como un acto de reparación simbólica. La memoria queer, convertida aquí en relato televisivo, se enfrenta a su propio dilema: cómo narrar la tragedia sin convertirla en mercancía. Murphy camina sobre ese filo con más respeto del que suele mostrar. Y aunque su mirada no sea perfecta, el gesto es poderoso: rescatar del silencio a quienes fueron condenados por existir.

    En esa tensión entre lo bello y lo insoportable, entre la estética y la ética, AHS: NYC alcanza su verdad más profunda. La belleza no disfraza el dolor: lo revela. Pero siempre queda el riesgo de que la forma supere al fondo, de que la herida se vuelva estilismo. Murphy juega con ese límite y, por una vez, lo atraviesa con dignidad.

    Porque el verdadero horror no está en el asesino, ni en el virus, ni en los cuerpos que caen, sino en la maquinaria del olvido.
    Y este Halloween, quizá lo más terrorífico sea eso: recordar que el miedo siempre fue político.

    Un texto de Edu Salas.

    Puedes comprar un ejemplar de Untoxic Magazine pinchando aquí o si lo prefieres una versión digital aquí.