Academia Marica por Jonatan de Blas
Desde que tengo uso de razón, siempre me han llamado maricón. Es el primer insulto que recuerdo. En el colegio se metían conmigo por querer jugar con muñecas, por cruzarme de piernas al sentarme, por no saber (ni querer) jugar al fútbol. Y en el instituto tampoco tuve la oportunidad de ser yo mismo sin sufrir las consecuencias. Sin olvidar tampoco los que, por aquel entonces, consideraba insultos basándome en sus humillaciones.
Ser el maricón del patio te abre todo un mundo interior. Inmenso, en mi caso. La introspección se vuelve (en el caso de que no consigas interrelacionarte con nadie más) tu mejor aliada. Es uno de los regalos derivados de ser marica. Te obliga a conocerte a ti mismo hasta las últimas consecuencias. Sobre todo, porque nadie más parece ni está dispuesto a entenderte ni a respetarte inicialmente.
Y he aquí el quid de la cuestión. Al no conectar con un mundo hostil y peligroso que te aparta y te aleja, te impulsas a buscar el tuyo propio. Y, en ocasiones, a construirlo. El hecho de ser queer se vive en un primer momento como una tortura. Un castigo. Un infierno, vaya. Pero a poco que comenzamos a explorar (y explorarnos), comprendemos que, en verdad, nos ha tocado la lotería. El premio gordo. Porque si algo he aprendido en mi vida es que me encanta ser maricón.
Menudo aburrimiento ser cis hetero, chica. Y no es una crítica o un insulto, como sí lo era ese “julandrón” o “bujarra” que tantas veces me han escupido. Sin lubricar siquiera, cariño. Ser LGTBIQA+ es una fantasía absoluta por muchas cosas. Y, una de mis favoritas, tiene que ver con la construcción de nuestra identidad y personalidad a partir de nuestras referencias. Y digo nuestras porque sí, son nuestras. ¡DIGO!
NUESTROS APUNTES
Las referencias empapan nuestro mundo y conforman nuestra identidad desde que somos bien pequeños. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi “Toxic” de Britney Spears. Pero no me voy a quedar ahí, porque ni que fuera yo una básica. Los veranos viendo “Lizzie McGuire”, “H20”, “Totally Spies”, “Embrujadas”, “Zoey 101” también conformaron poco a poco mi mundo interior. Mis primeras referencias. Y bueno, que sí, “Camp Rock” y también “High Musical”. Avril Lavigne con esos looks de skater girl que me volvían loco, Lady Gaga convirtiéndose en la primera monstrua que descubrí en mi móvil con palo táctil en un vídeo mp4 de 480p (ese “Bad Romance” no se supera).
Y, llegamos a mi parte favorita. Cuando descubrí a Rihanna.
A lo que voy con todo esto, es que la cultura y la identidad LGTBIQA+ está empapada de multitud de referencias que poco o nada tienen que ver (generalmente) con el mundo heterosexual. Y, menos aún, con aquellos que siempre nos han denostado por nuestros gustos, referencias y estética. Es por eso por lo que nuestro paraguas (“under my umbrella, eh, eh, eh”) es la cultura popular de la que hemos mamado y que nos ha permitido expresarnos de un modo libre, sátiro y ácido.
Pausa dramática. Cojo aire. Rihanna. Todo el mundo tiene su propia diva gay. La mía es Rihanna. Ni debato ni discuto. Mi epifanía absoluta y, ahora sí, lo que me hizo volver a plantearme (por décima vez en mi pubertad) mi sexualidad. Y ahí seguimos.
Como comunidad y colectivo hemos generado, evolucionado y adoptado un argot y una jerga propia. Conformada por estas referencias que compartimos y de las cuales aprendemos entre todas. Y, además de ser nuestra forma de comunicación, ha sido siempre nuestra vía de escape.
Así que cuando nos dicen que somos muy llamativos (un escáaaaaaaaaaandalo), que somos muy nuestros, que no hay quien nos entienda, nosotros nos enorgullecemos. Un Orgullo más. Porque ya era hora de sentirnos orgullosos. Y de empoderarnos a partir de ser unos incomprendidos. Antes me aterraba que no nos entendieran. Ahora me encanta. Me encanta no ser discreto, hablar en inglés, pasarme memes de Drag Race con mis amigas y soltar toda aquella verborrea por la cual siempre me han criticado.
Porque como diría Shrek, mejor fuera que dentro.
Un texto de Jonatan de Blas.