La adolescencia robada: lo que no pudimos vivir

LA ADOLESCENCIA ROBADA

Crecer siendo LGTBIQA+ no fue como crecer siendo hetero.
Mientras algunos exploraban su identidad sin miedo, otros vivíamos escondidos. Muchos tuvimos que observar la adolescencia desde la barrera: mirar, imitar, resistir y fingir. Y eso deja huella.

Durante mucho tiempo, el relato dominante ha hablado de “infancias felices” y “juventudes despreocupadas”. Pero quienes crecimos en la disidencia (muchas veces sin saber siquiera que eso tenía nombre) cargamos con un relato muy distinto: el de las adolescencias robadas. Años atravesados por el miedo, el silencio, la vigilancia sobre el cuerpo y la voz. Años de armarios. De mirar con deseo a quien no podías nombrar. De rechazar tu reflejo, o moldearlo para sobrevivir.

Miedo y repetición

La adolescencia es, en teoría, la etapa de los primeros descubrimientos: del amor, del deseo, del cuerpo propio. Pero para muches, eso solo ocurrió mucho después. Muchas personas LGTBIQA+ empezamos a vivir (a explorar, a desear, a amar) a los veinte, treinta, o incluso más allá. Algunos nunca.

Eso no es simplemente “haber ido más despacio”. Es haber perdido algo que no se recupera.
Y no se trata de victimismo: se trata de memoria. De entender qué nos pasó. Y por qué.

Porque lo que nos pasó no fue casual: fue estructural. No fue simplemente “lo que había”.
Fueron familias, escuelas, iglesias, instituciones, discursos… que nos enseñaron a tener miedo, a escondernos o a deformarnos. Y si no lo entendemos así, corremos el riesgo de repetirlo.

Hoy, muchos adolescentes siguen enfrentando acoso, rechazo o invisibilización. Puede que ahora existan más referentes y espacios de apoyo, pero también hay discursos reaccionarios que buscan borrarlos. Por eso, no podemos permitirnos olvidar lo que significó no tener adolescencia.

El armario de verano

Uno de los fenómenos más comunes (pero menos nombrados) es el del “armario de verano”.
Es volver al pueblo, a casa, al barrio… y tener que esconderte otra vez. Es cambiar la voz. Evitar ciertos temas. Bailar más sobrio. Fingir relaciones que no existen o negar las que sí.

Quienes logramos vivir con cierta libertad en ciudades o espacios seguros, a menudo tenemos que replegarnos cuando volvemos a los lugares donde crecimos. Lugares que amamos, sí, pero que también nos hicieron daño. Volver al pueblo muchas veces no es volver al origen, sino al miedo. Y eso, también, es violencia.

Y sin embargo, seguimos yendo. Porque el vínculo con el pueblo, con la familia, con la infancia, es profundo. Pero convivimos con una sensación extraña: la de estar presentes a medias, mutilados emocionalmente. En guardia. Sin poder ser del todo.

Lo que duele, lo que falta

Esta adolescencia robada se manifiesta en muchas formas: en la inseguridad emocional, en los duelos no hechos, en las relaciones que nos cuestan el triple, en la sexualidad vivida con culpa o ansiedad, en la dificultad para expresar cariño, o simplemente en la sensación de haber llegado tarde a todo.

No haber tenido referentes también tiene consecuencias. A veces sentimos que fuimos descubriendo el mundo a oscuras, sin mapas ni palabras. Que no sabíamos cómo era una relación sana. Que no podíamos hablar de lo que sentíamos, ni con nosotres mismes.
Y todo eso desgasta.

Pero también hay algo que repara: contarlo.

Nombrarlo también es cuidar

Ponerle palabras a lo que vivimos no es quedarse anclado en el pasado: es dignificarlo. Es reconocer que no fue culpa nuestra, sino que sobrevivimos como pudimos en un contexto hostil. Es abrazar a ese adolescente que fuimos y decirle: no estabas mal, lo que estaba mal era el mundo que te obligó a esconderte.

Y es, sobre todo, una forma de proteger a quienes vienen detrás.
Porque nada está garantizado: cada derecho, cada espacio seguro, cada referente visible, ha sido conquistado. Y puede perderse. Por eso necesitamos memoria.

La adolescencia robada es una herida colectiva. Pero también puede ser una forma de comunidad: encontrarnos, contarlo, hacer que no vuelva a pasar.

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